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Los
primeros testimonios de la atracción que Julio Verne sentía
por las máquinas vienen ya de sus compañeros de escuela,
quienes declararon que se pasaba el día dibujando extrañas
máquinas volantes y otros artefactos de difícil entendimiento
para ellos. Todo parece indicar que, en efecto, a este niño
criado en la ribera del Loira, lo que más le cautivaba, por
encima de los juegos infantiles propios de su edad, incluso, eran
las máquinas, la tecnología, lo que el hombre construía
con sus manos.
A esta pasión unía una atracción indefinible
por el mar y sus misterios recónditos, y de la conjunción
de ambas inquietudes nació una obra llena de incursiones
en el futuro tecnológico del hombre y en sus conquistas geográficas.
La obra de Verne es, primera y esencialmente, una obra geográfica,
un inmenso trabajo de exploración planetaria. Pero, además,
su geografía presenta el notable interés de que no
solamente está perfecta y científicamente documentada,
sino que allí donde no habían podido llegar los ojos
de los exploradores, sí lo había hecho su capacidad
de deducción omnisciente, adelantando muchos descubrimientos
a sus contemporáneos.
El trabajo novelístico de Julio Verne ha asombrado al mundo
no por su belleza literaria, que también la tiene, indiscutiblemente,
sino por abrir los ojos a muchos millones de lectores a la realidad
de un mundo que, merced a su imaginación científica,
consiguió hacer más y más pequeño. No
existe otro autor que haya logrado exorcizar más sueños
de la humanidad: volar surcando los continentes, volar hasta llegar
a la Luna; pisar cada montaña, valle, desierto, isla o selva;
surcar todos los mares y sumergirse en ellos para descubrir los
secretos de sus fondos oscuros e inescrutables; y sumergirse también
en el fondo de la misma Tierra, para conocer sus secretos prehistóricos.
«Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres
serán capaces de realizarlo», había dicho este
hombre en más de una ocasión, dejando sentenciado
su firme convencimiento de las inminentes posibilidades del hombre
sobre el mundo. Verne creía, así, en la imaginación
como motor de progreso, como creía que la imaginación
encontraba sus principales fuentes en la naturaleza. El pez inspiró
el submarino; el cisne, el barco; el pájaro, el avión...
Su obra, realmente, encontraba el futuro en el pasado, donde estaba
completamente escrito, y así muchas veces lo que expone no
son sino retroanticipaciones: las retroanticipaciones vernianas.
Los «viajes extraordinarios», como se conoce a su larga
serie de novelas, son un muestrario científico-técnico
de los avances del hombre en el siglo de los descubrimientos. En
ellos se encierra la inquietud de la humanidad por conocer su medio,
su casa, a sus vecinos y sus progresos.
Para esta tarea ingente, Verne se armó de todas las probetas,
alambiques y fórmulas que su tiempo le permitía y
se embarcó en una larga circunnavegación por los mundos
conocidos y desconocidos. En este viaje extenuante utilizó
todo tipo de medios de transporte, los que ya había en su
época y los que estaban por venir. De su particular uso y
concepción nacen lo que aquí llamamos «naves
extraordinarias», en alusión paralela a sus «viajes
extraordinarios».
Este libro es, fundamentalmente, «una lectura adulta de Julio
Verne». Una visión desnovelada de su obra, analizada
críticamente —que no crípticamente, como se
han empeñado algunos—, pero sin caer en la descalificación
fácil del análisis realizado mediante el conocimiento
científico actual. Lejos de ello, este análisis se
realiza con el conocimiento de su época, el decimonónico
en el que se desenvolvía el autor.
Por
otra parte, para quien ve en la obra de Julio Verne una obra iniciática,
resultan muy apropiadas las palabras de Fernando Savater, quien
afirma al respecto que «en este tipo de relatos el iniciado
es el lector». Realmente, ésta es la única forma
de despejar las incógnitas cabalísticas que muchos
se obstinan en ver en su obra. Es el lector el único capacitado
para ver más allá de las líneas escritas en
los «viajes extraordinarios», y no éstos quienes
proyectan predeterminados mensajes subliminales. De proyectar algo,
lo que proyectan son diferentes mensajes morales en función
de la época a la que corresponden en la vida del autor: optimismo
científico arrollador en los primeros años de su carrera
literaria, y oscuro pesimismo en los últimos, más
negro cuanto más cerca estaba su final.
Las «naves extraordinarias» eran para Verne más
que simples instrumentos para viajar. Eran vehículos que
debían conducir al hombre de su tiempo a través de
los espacios inexplorados de una forma real y segura, con fiabilidad
científica. Verne quería que los lectores creyeran
en sus viajes como en certezas al alcance de la mano del hombre.
Evitaba por todos los medios transgredir los límites de la
realidad, porque sabía que si los traspasaba se estrellaría
en el abismo del absurdo, como habían hecho tantos otros
autores.
Decía Miguel Salabert en su profunda biografía Julio
Verne, ese desconocido: «habiendo hallado en la ciencia el
punto de apoyo que reclamaba Arquímedes para mover el mundo,
Verne utiliza como palanca la imaginación». Es la mejor
explicación de cómo el genial francés hizo
convivir la ciencia y la imaginación, aun sabiendo y sin
menospreciar el gran romanticismo que albergaba su ciencia. Esta
explícita frase, junto con la aseveración de otro
importante biógrafo, Michel Serres, cierran perfectamente
este círculo mágico de ciencia e imaginación:
«La obra de Verne es más que un sueño de la
ciencia, una ciencia de los sueños».
Las «naves» —vehículos— de Julio
Verne tienen ese encanto de la fantasía hecha realidad. El
autor recrea al lector con la descripción minuciosa de su
funcionamiento, casi como si quisiera ponerlas al alcance de su
mano, para que él mismo pueda construirlas en el jardín
o en el patio de su casa. Y para ayudarle en su construcción,
como se hace con el moderno bricolador, le obsequia con numerosas
ilustraciones, reproducciones idealizadas de sus inventos. Para
ello, y convencido como estaba de que las ilustraciones ayudaban
a transportar al lector a la historia que estaba contando, contó
con los mejores ilustradores de la época, Jules-Descartes
Férat, Aphonse-Marie de Neuville, Léon Benett, Henri
de Montant, Émile Bayard y Georges Roux. Aunque, si bien
la reproducción de las «naves» era exquisita,
no así ocurría con la retratística de sus personajes,
que en más de una ocasión raya el ridículo.
En este libro se describen las extraordinarias «naves»
que formuló novelísticamente Julio Verne empleando
sus propias palabras, contrastándolas con el conocimiento
técnico y científico actual en un marco de análisis
práctico y actual, buscando sus fuentes de inspiración,
reconociendo en ocasiones su gran valor precursor, y desmitificándolo
en otras por ser infundado. También, durante el estudio de
las mismas, se sigue la trayectoria de toda la novela, para así
dar contexto y razón de ser a su creación. Y tampoco
se va a negar que, en este trabajo, también se trató
de neutralizar algunos de los mitos de Verne, pero teniendo en cuenta
que se hizo por la profilaxis que supone para el conjunto de su
obra, y no por la fácil descalificación de la misma
que hoy se puede realizar amparados en la cómoda perspectiva
que nos brinda un siglo de lejanía con el consiguiente avance
científico.
Por último, antes de empezar con este estudio de la apasionante
obra de Julio Verne, el lector debe saber que se va adentrar, tal
vez por primera vez, en una lectura adulta de este autor que seguramente
conserva enmarcado en un fresco y agradable recuerdo situado entre
la infancia y la adolescencia. Esta vez, abandonará la lectura
lineal que hizo años atrás para descubrir una nueva
obra, un nuevo valor literario que, seguro, no le defraudará.
Adéntrese en ella y recuerde en todo momento las palabras
del famoso poeta latino, Horacio: «Nil mirari», no hay
que sorprenderse de nada. |
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