Es incuestionable
el hecho de que la paella procede concreta y puntualmente de Valencia.
Pero, en realidad, antes de las paellas, el uso extendido del
arroz en la cocina valenciana viene ya de muy antiguo.
Los musulmanes,
durante su larguísima estancia con nosotros, introdujeron
el cultivo del arroz empezando por las costas mediterráneas
para hacerlo llegar a continuación al resto de la península
invadida.Cuando Jaime I conquistó las tierras valencianas
en el siglo XIII se encontró con inmensos arrozales que
entraban hasta la misma ciudad de Valencia.
Creyéndose
por aquellas épocas medievales que este tipo de plantaciones
eran fuente de terribles plagas se limitó el cultivo del
arroz exclusivamente a la zona de la albufera valenciana. Tuvieron
que pasar siglos para exorcizar esta oscurantista creencia, hasta
el mismo siglo XX.Concretamente,
las referencias al arroz consumido en paella más antiguas
pueden situarse en el siglo XVIII, pero son más bien escasas
y, en su mayor parte, románticas ilusiones histórico-culinarias.
Las primeras informaciones documentadas de una manera fiable aparecen
en el siglo XIX dentro del género literario del sainete,
a la sazón bastante extendido por las tierras valencianas.
Como
ocurrió con muchas recetas tradicionales, la paella nació
como un plato que hacían los agricultores en su comida
al aire libre de mediodía, en el campo en donde estaban
trabajando, utilizando un recipiente que los valencianos llamaban
paella y que, a su vez, provenía de la palabra latina patella,
que no es otra cosa que «sartén».
Para
este guiso, con el que los campesinos debían mantener el
tipo durante sus duras jornadas de trabajo, utilizaban todo lo
que estaba a mano, empezando claro está por el propio arroz
que cultivaban, acompañándolo en ese recipiente,
la paella, sobre un fuego improvisado en cualquier lado, de algo
de carne de pollo, cría muy habitual de la época,
alguna eventual pieza de caza, como el conejo, y de cualquier
verdura de temporada, como el particular garrofó de la
zona o las judías conocidas en la zona como ferraúra,
unas pequeñas alubias llamadas tavella, o cualquier otra
como podían ser mismamente alcachofas.
También parece que como aportación proteínica
echaban a la sartén aditamentos de cualquier especie que
les saliera al paso, como podían ser caracoles, anguilas,
ranas y hasta ratas de la albufera, estas últimas muy diferentes
de las comunes de alcantarilla, aunque ratas, al fin y al cabo.
El
hecho de que históricamente la paella la hacían
los hombres cuando salían a trabajar al campo ha dejado
una estela de machismo que ha llegado hasta nuestros días,
hasta el punto de ser un plato cocinado hoy impositivamente por
los hombres. Y, curiosamente, parece que hasta las feministas
de guardia —que no se les escapa una— lo permiten.
Desde
aquellas primeras paellas dieciochescas de subsistencia hasta
nuestros días ha llovido lo suyo, y de la mayor rusticidad
campestre se ha pasado a un grado de refinamiento impensable para
aquellas épocas, cosa ésta que tampoco impide que
a veces, como hubiera dicho Groucho Marx, se «hayan alcanzado
—también— las más elevadas cotas de
la miseria», culinariamente hablando.
Así
pues, conocidos los humildes orígenes de la paella, cabría
preguntarse cómo ha podido alcanzar la laureada fama universal
de la que goza al día de hoy. Efectivamente, si hay un
plato que nos identifica de una forma noble y carismática
en todo el mundo, ése es la paella. No existe rincón
del planeta que desconozca nuestro celebérrimo atributo
gastronómico. Y es también de agradecerle a este
plato el que haya conseguido permanecer al margen —casi
incompresiblemente— de la imagen de país de charanga
y pandereta que de forma lamentable se proyectó al extranjero
durante décadas de promoción esperpéntica
del turismo. No creemos que haya nadie en el mundo que identifique
la espectacular visión de una hermosa paella con la España
rural, acomplejada y verbenera de los años cincuenta.
El
futuro de la paella promete alcanzar las más elevadas cotas
de la gloria culinaria. Es probable que una tecnificación
razonable y respetuosa con sus raíces la conviertan en
años venideros en una forma «globalizada» de
celebración auténticamente planetaria. Por lo pronto,
en Internet se encuentran más de 200.000 páginas
dedicadas a ella, curiosamente en su mayoría en inglés
y procedentes de otros países bastante lejanos al nuestro.
También
es cierto que si bien la paella se ha mejorado, variado y enriquecido
de una forma espectacular en los últimos años, se
han cometido verdaderos estragos con lo más íntimo
de su elaboración, llegando a aberraciones gustativas globalmente
aceptadas, como son las «paellas mixtas» o las que
aportan todo tipo de especias exóticas. Debemos respetar
sus orígenes y las claves de elaboración básicas
que la han llevado precisamente a esa posición de liderazgo
gastronómico indiscutible, si no queremos que con las décadas
se confunda con las jambalayas, los coloreados arroces chinos
o los intragables arroces especiados propios de las zonas tropicales.